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jueves, 29 de noviembre de 2012

Perverso - Frederik Pohl

Un relato corto de Frederik Pohl, un thriller psicológico de ciencia ficción.




Perverso


Qué hermosa es, pensó Dandish. Y a su merced. Recién salida del cofre de reanimación, no llevaba otra cosa más que la cinta plástica de identidad rodeando su cuello.

-¿Estás despierta? -preguntó. Pero ella no se movió.

Sintió que la excitación crecía en él al verla tan pasiva, tan indefensa. Un hombre podría acercarse a ella, hacerle cualquier cosa, lo que deseara, y ella no se resistiría. Aunque tampoco reaccionaría. Sin tocarla, sabía que su cuerpo era tibio y estaba seco. Vivía, y dentro de algunos minutos recuperaría la conciencia.

Dandish -capitán y único miembro de la tripulación de una nave interestelar sin nombre que transportaba un cargamento de colonos hibernados a través del vacío espacio infinito, desde la Tierra hasta un planeta girando alrededor de una estrella que ni siquiera tenía nombre en los mapas estelares sino tan sólo un simple número, y que hoy era llamada Eleanor- dejó transcurrir aquellos minutos sin mirar a la muchacha, de la que sólo sabía que se llamaba Silvie pero con la que nunca había hablado. Cuando se volvió de nuevo hacia la mirilla ella estaba despierta, semisentada, sujetándose a las correas de su cofre, el pelo ralo y enmarañado, la expresión colérica.

-Bueno, ¿dónde está usted? -dijo ella-. Ya he comprendido lo que ocurre. ¿Sabe lo que pueden hacerle por esto?

Dandish se sorprendió. No le gustaba verse sorprendido, porque esto lo asustaba. Desde hacía nueve años sólo la nave murmuraba a través del espacio. Había sufrido la soledad y había sentido miedo. Llevaba a bordo setecientas cápsulas conteniendo colonos, pero yacían frágiles e inmutables en su baño de helio líquido y no eran una compañía agradable. Más allá de la nave, el ser humano más próximo estaba quizá a dos años-luz, excepto la remota posibilidad de cruzarse con otra nave yendo en dirección opuesta... y por lo tanto mucho más lejana que cualquier otra estrella que uno pudiera imaginar, ya que las fuerzas necesarias para detener la nave y hacerla cambiar de rumbo para alcanzar a otra nave en camino de regreso serían dos veces mayores y necesitarían dos veces más tiempo que el propio viaje.

Todo era terrible en aquel viaje. La soledad estaba hecha de terror. Mirar a través de dos centímetros de portilla y no ver más que las estrellas lejanas provocaba el pánico. Hacía cinco años que Dandish había tomado la resolución de no volver a mirar fuera, pero había sido incapaz de mantener su decisión; así que, de tanto en tanto, miraba por la portilla, pese al regreso de las horribles visiones de carlinga rota, de portilla reduciéndose a mil pedazos y de él mismo encerrado en su prisión metálica, cayendo, girando, danzando interminablemente hacia cualquiera de los millones de estrellas que brillaban bajo él.

En la nave, el menor ruido era una alarma. Nadie más que él estaba despierto, de modo que cualquier sonido, un crujido del metal, el choque de un objeto golpeando contra otro, por débil que fuera, por insignificante, por apagado, representaba una amenaza, y Dandish se había estremecido de terror más de una vez durante horas, incluso días, hasta que descubría el contacto defectuoso o la puerta mal cerrada que lo habían alertado. El fuego le ocasionaba pesadillas. Era ridículo, ya que una nave de acero y cristal no puede arder, pero en sus sueños no era el incendio de una casa lo que veía, sino los fuegos monstruosos de las estrellas que sobrepasaba.

-¡Acérquese, que pueda verlo! -ordenó la muchacha.

Dandish observó que no se preocupaba en cubrir su desnudez. Se había despertado desnuda, y seguía desnuda. Se había soltado las correas de seguridad y había salido de su cofre; ahora estaba observando con ojos inquisitivos la cabina en donde había recuperado la conciencia, buscándole.

-¡Nos lo advirtieron! -gritó-. ¡No caigáis en la trampa!, nos dijeron. ¡Desconfiad de esos locos del espacio! ¡De otro modo vais a lamentarlo! No oíamos otra cosa en el centro de recepción. Y ahora está usted ahí, acechándome, estoy segura. Sea quien sea..., ¿dónde infiernos está? ¡Salga y muéstrese, por el amor de Dios!

Se había puesto de pie. Carente de peso, flotaba un poco en diagonal, mordisqueándose la piel reseca de los labios mientras miraba desconfiada a su alrededor.

-¿Qué es lo que ha ideado para contarme? ¿Que un meteoro ha destruido la nave, que somos los dos únicos supervivientes, y que estamos condenados a derivar para siempre en la nada, de modo que no nos queda otra solución que intentar vivir juntos y reconfortarnos mutuamente?

Dandish la contemplaba por la mirilla de la sala de reanimación. No respondió. Sabía mucho de víctimas. Había consagrado mucho tiempo a aquel proyecto. Físicamente, la muchacha era perfecta: muy joven, delgada, casi aérea. Por eso la había elegido entre las 352 mujeres en conserva de la futura colonia, examinando las fotos microfilmadas que acompañaban el dossier de cada colono, como un apasionado de la alta fidelidad revisando un catálogo de discos. Había sido la más prometedora de todo el lote. Dandish no poseía la instrucción suficiente como para leer un perfil psicológico y, además, consideraba a todos los psicólogos como unos charlatanes, de modo que sus famosos perfiles no significaban nada para él; así que debía confiar en sus propios elementos de juicio. Había deseado una víctima inocente y confiada. Silvie, dieciséis años y una inteligencia algo por debajo de la media, le había parecido perfecta. Se sentía decepcionado viéndola ahora reaccionar sin ningún temor.

-Por esto le van a caer al menos cincuenta años -exclamó ella, mirando a su alrededor para adivinar dónde se ocultaba él-. Lo sabe, ¿no?

El cofre de reanimación, detectando que ella lo había abandonado, se retiró y se rearmó sin el menor ruido, preparado para ser utilizado de nuevo. La envoltura plástica que había envuelto a la muchacha cayó a un lado, se convirtió en una apretada bola y desapareció por el conducto de desechos. Aparecieron nuevas sábanas asépticas. Los generadores operativos se comprobaron a sí mismos, desencadenando una brevísima corriente de alto voltaje, lo encontraron todo en orden, y se desconectaron. Los rebordes del cofre se ocultaron suavemente. La mesa del instrumental se recubrió con un domo protector. La muchacha observó todo aquello durante unos instantes, luego agitó la cabeza y se echó a reír.

-¿Le doy miedo? -exclamó-. ¡Vamos, venga y terminemos de una vez! O de otro modo reconozca que se ha equivocado, proporcióneme alguna ropa y hablemos razonablemente de todo esto.

Tristemente, Dandish desvió la mirada. Un aparato cronométrico acababa de recordarle que debía hacer las verificaciones periódicas de los sistemas de la nave y, como había hecho ya ciento cincuenta mil veces y debería hacer aún otras cien mil, verificó rápidamente la temperatura de la sala, calculó la pérdida de helio líquido y la compensó usando la reserva, comparó el rumbo de la nave con el esquema de vuelo, midió el consumo de combustible, comprobó que todos los sistemas funcionaran correctamente, y volvió de nuevo su atención a la muchacha. Todo aquello había durado apenas dos minutos, pero en ese tiempo ella ya había encontrado el peine y el espejito que él le había dejado preparados y se estaba peinando rabiosamente. Las técnicas de hibernación y de reanimación aún no eran perfectas en lo relativo a estructuras tan elaboradas como las uñas o los cabellos. A la temperatura del helio líquido los tejidos orgánicos se volvían quebradizos como el cristal, y aunque se intentara prevenir parcialmente esto envolviendo suavemente los cuerpos con una especie de capullo elástico, tomando mucho cuidado en preservarlos de cualquier contacto con un objeto duro o puntiagudo, las uñas y los cabellos se partían fácilmente. En el centro de recepción se repetía incansablemente a los colonos que debían cortarse el pelo y las uñas lo más cortos posible, pero muchos no hacían caso de esas indicaciones.
Silvie parecía ahora un maniquí que hubiera pasado por las manos de un aprendiz de peluquero poco dotado. Finalmente, resolvió su problema enrollando el pelo que le quedaba en un moño apretado, mientras los mechones arrancados por el peine flotaban libremente en el aire a su alrededor.

Palmeó con tristeza su desolado moño y murmuró:

-Supongo que usted debe encontrar todo esto muy cómico, ¿verdad?

Dandish se lo pensó. No, no sentía el menor deseo de echarse a reír. Veinte años antes, cuando era un joven estudiante de largos cabellos ondulados a la permanente y uñas lacadas a la moda de aquel año, había soñado casi cada noche en una situación como aquella. Poseer una chica para él solo, no para amarla ni para violarla ni para casarse con ella, sino simplemente para hacerla su esclava, someterla a cada sueño con cientos de variantes. Nunca le había hablado a nadie de aquel sueño recurrente, no de forma directa, pero lo había evocado en una ocasión en el curso de psicología práctica, pretendiendo haberlo leído en un libro, y el profesor, mirándole directamente a la cara, había respondido que se trataba de un deseo contenido de jugar con muñecas. «Este autor –había dicho está interpretando un papel, pone en práctica su deseo de ser una mujer. Casos muy simples de homosexualidad contenida pueden tomar diversas formas...», y que si los sueños resultaban siempre satisfactorios en el plano físico, entonces el joven Dandish se despertaría a la vez avergonzado y furioso.

Pero Silvie no era un sueño ni una muñeca.

-¡No soy ninguna muñeca! -gritó ella, tan brusca y oportunamente que Dandish sufrió un sobresalto-. ¡Vamos, venga y muéstrese, y terminemos de una vez!

Se sujetó a una abrazadera equilibradora y miró a su alrededor, y aunque se la veía irritada y colérica no parecía en absoluto tener miedo.

-A menos que esté usted completamente loco -dijo ella con calma-, lo cual dudo, aunque es una posibilidad, no podrá hacerme nada si yo no lo quiero, ¿sabe?

Porque no saldría con bien de ello, ¿verdad? No puede matarme, ya que jamás podría justificarlo, y además no se permite que un asesino dirija una nave, de modo que cuando lleguemos a nuestro destino lo único que tendré que hacer va a ser llamar a la policía, y se va a ver usted conduciendo una unidad de subterráneo durante ochenta años como mínimo.

Se echó a reír y añadió:

-Lo sé porque a mi tío lo agarraron por un asunto de fraude fiscal: ahora es una lancha automática en el delta del Amazonas, ¡y tendría que leer las cartas que nos escribe! Así que salga para que pueda ver qué podemos arreglar.

Se impacientó, agitó la cabeza y suspiró profundamente.

-¡Señor, que estas cosas me ocurran a mí! Bueno, ya que estoy de pie, tengo que ir a un lugar muy reservado, y luego me gustaría comer algo.

Dandish se sintió satisfecho con aquellas pequeñas exigencias, que al menos ya había previsto. Abrió la puerta del cuarto de baño y conectó el calentador de las raciones de reserva. Cuando Silvie volvió a aparecer, la aguardaban unos crujientes panecillos, unas lonchas de tocino y una taza de café humeante.

-Supongo que un cigarrillo será pedir demasiado, ¿no? Bueno, no voy a morirme por ello. ¿Y mis ropas? ¿Y si se dejara ver usted un poco?

Bostezó, luego se puso a comer. Debía haber tomado una ducha, lo cual siempre era deseable cuando uno emergía del sueño de la hibernación para desprenderse de las exfoliaciones de la piel, y se había anudado una toalla sobre el maltrecho pelo. Dandish había dejado aquella toalla en el baño a disgusto, pero nunca se le hubiera ocurrido que ella la empleara de ese modo. Silvie se quedó mirando los restos de su desayuno con aire soñador, luego, al cabo de un momento, empezó a hablar en tono grave, como quien está dando una conferencia.

-Si lo entiendo bien, los tripulantes de las naves interestelares suelen estar siempre más o menos locos, porque si no nadie realizaría un trabajo tan solitario como este durante veinte años seguidos, ni por todo el oro del mundo. Así que está usted loco. De modo que, si me ha despertado, y ahora no quiere mostrarse ni hablar conmigo, yo no puedo hacerle nada. Por otro lado, entiendo que, aunque al principio no estuviera usted loco, este tipo de vida terminaría volviéndolo de todos modos. ¿Tal vez lo que desea usted es tan solo un poco de compañía? Sí, puedo comprenderlo. Incluso podría cooperar sin discutir demasiado. Por otro lado, puede que esté usted intentando reunir todo su valor para cometer alguna otra acción de tipo más vil. No sé si lo conseguirá, porque seguramente pasó usted por un buen número de pruebas antes que le confiaran este trabajo. Pero admitámoslo. ¿Qué ocurrirá entonces? Si me mata, lo incriminarán. Si no me mata, le denunciaré apenas aterricemos, y lo arrestarán. Le he hablado ya de mi tío. En este momento su cuerpo está en una cápsula de hibernación no sé dónde en la cara oscura de Mercurio, y utilizan su cerebro para mantener bien limpios los canales de navegación en las inmediaciones de Belem. Quizá esta perspectiva no le parezca tan horrible, pero puedo decirle que a tío Henry no le gusta en absoluto.
No tiene la menor compañía, está tan solitario como usted, supongo, y dice que sus bombas aspirantes le duelen constantemente. Claro que podría sabotear su trabajo como protesta, pero entonces es seguro que lo enviarían a otro lugar y sería aún peor, de modo que resiste con toda la paciencia que puede. ¡Tiene que cumplir noventa años de condena y solamente han transcurrido seis! Bueno, quiero decir que eran seis cuando abandonamos la Tierra, no sé cuánto tiempo habrá pasado ahora. No le iba a gustar, se lo aseguro. Así que, ¿por qué no viene hasta aquí y charlamos un poco?

Cinco o diez minutos más tarde, tras hacer varias muecas, untar rabiosamente otro panecillo con manteca y lanzarlo con furia contra la pared, donde los servicios de limpieza lo aspiraron rápidamente, añadió:

-¡Al menos, por el amor de Dios, deme algo para leer!

Dandish apartó su atención de ella, escuchó durante algunos instantes el murmullo de la nave, luego activó el mecanismo del cofre de reanimación. Había sido un perdedor durante demasiado tiempo como para no haber aprendido a limitar sus pérdidas. La muchacha dio un respingo cuando los laterales del cofre se desplegaron. Unos previsores tentáculos se tendieron para sujetarla y la depositaron en el cofre, extendiendo sobre ella las correas de seguridad.

-¡Especie de imbécil -gritó ella, pero Dandish no respondió.

El cono anestésico descendió sobre el aterrado rostro de la muchacha, que gritó:

-¡Espere! Yo nunca he dicho que no...

No pudo decir nada más. El cono se apoyó sobre su rostro. Unos segundos más tarde estaba dormida. Una fina hoja de plástico descendió sobre ella, moldeando su rostro, su cuerpo, sus piernas, incluso la toalla que llevaba como turbante, y el cofre de reanimación retrocedió silenciosamente hasta la cámara fría. Dandish dejó de mirar. Sabía lo que iba a pasar, y además el aparato cronometrador le señalaba que era el momento de la inspección. Temperaturas normales, consumo de combustible normal, velocidad normal. Los indicadores de la cámara fría estaban señalando que una nueva cápsula estaba siendo conducida a su lugar en los depósitos, pero aparte de aquello todo lo demás era lo de siempre.

-Adiós, Silvie -dijo Dandish-. No has sido más que un molesto error.

Quizá más adelante, con alguna otra muchacha...

Pero Dandish había necesitado nueve años para decidirse a despertar a Silvie, y no se sentía capaz de volver a empezar. Pensó en aquel tío Henry que hacía funcionar una lancha a lo largo del litoral del Amazonas. Se dijo que él podía haber estado en su lugar. Pero había cazado al vuelo la ocasión de expiar su condena pilotando una nave interestelar.

Dandish contempló los diez millones de estrellas a través de los receptores ópticos que eran sus ojos. Tendió hacia el espacio, en un gesto de impotencia, los radares que le daban el sentido del tacto. Lloró a través de sus reactores un flujo de iones de diez millones de kilómetros de largo. Pensó en las toneladas de carne impotente de sus bodegas, en los cuerpos que hubiera podido gozar si su propio cuerpo no estuviera cerca del de tío Henry, allá en la cara oscura de Mercurio, en los terrores que hubiera podido provocar si hubiera sido capaz de inspirar miedo.
Incluso hubiera sollozado si hubiera tenido una voz para hacerlo.

miércoles, 28 de noviembre de 2012

¡Dios, que hambre! - Adso de Melk

El relato de un novato. No seais crueles.
Disfrutadlo, yo lo hice.




¡Dios, que hambre!


Hoy os traigo una historia que, aunque increíble, es absolutamente cierta.
Nuestra historia comienza en 1790, Irlanda, en el condado de Fermanagh nace nuestro protagonista, Alexander Pearce, un joven campesino de extracción humilde que para ir tirando compaginaba su labor en el campo con pequeños hurtos. Hasta que un buen día todo cambió para él. Corría el año de 1819 cuando…… un momento, un momento. Antes pongámonos en situación.
El Imperio Británico, dueño y señor del mar, el vasto, el vastísimo Imperio Británico. Y entre los más recónditos rincones de ese Imperio, Australia. Y entre los más recónditos rincones de Australia, Tasmania. Por decirlo de alguna manera, la cloaca del Imperio. Pero el Imperio necesitaba colonizar incluso las cloacas y sus colonos fueron los reos, presos, borrachos, ladrones, asesinos, tunantes, buscavidas, violadores, estafadores, traidores y gentes de mal vivir. Ya que muchos, después de cumplir condena, quedaban allí con un pequeño trozo de terreno donde poder construir una pequeña granja en medio de una inmensa zona despoblada.
Ahora sí, retomamos la historia del Sr. Pearce.
Corría el año de 1819 cuando nuestro protagonista cometió el error de robar seis pares de zapatos, y no fue el único error ya que lo pillaron. La pena por su acción fue siete años de trabajos forzados en Australia. Bueno, si habéis visto la película “Papillon” os podéis hacer una idea. El penal Macquarie Harbour, lugar al que fue enviado el pobre Sr. Pearce, no era precisamente un balneario de reposo. A un lado el océano y al otro hectáreas y hectáreas despobladas de selvas, zonas pantanosas y ciénagas, donde los guardias eran aún más canallas que los propios presos, que morían víctimas de los trabajos forzados, los malos tratos, de hambre o de enfermedad.
¡Qué horror! ¿Qué le esperaba al pobre Sr. Pearce? No es de sorprender que los presos tuvieran constantemente en su cabeza la idea de la fuga, aunque de aquel lugar se decía que los carceleros no se molestaban en perseguir a los prófugos, que el propio terreno se encargaba de acabar con ellos ya que ninguna persona era capaz de vivir allí. No obstante, el Sr. Pearce opinaba que su condena era del todo desmesurada y no estaba dispuesto a cumplirla si podía evitarlo.
Pasaron tres largos años en el penal y llegó el momento de la fuga para el Sr. Pearce, la planeó junto con otros siete amigos: Alexander Dalton, Thomas Bodemham, William Kennerly, Matthew Travers, Edward Brown, Robert Greenhill y John Mother. De modo que los ocho compañeros se fugaron.
Los víveres que lograron reunir no duraron mucho, apenas una semana y cuando se terminaron, los ocho amigos ya no lo eran tanto. Un buen día, a Greenhill se le ocurrió decir: “como siga esto así tendremos que…. comernos”, ese día nadie le hizo caso pero con el paso del tiempo…. ¡Dios, que hambre!
Llegó un momento en el que Greenhill y su amigo Travers se fijaron en Dalton. El delito que había cometido para acabar allí era la traición, era un chivato en potencia, así que, qué mejor candidato, siendo él la víctima seguro que no podrá contar lo que pretendían hacer. De modo que, sin mediar palabra, Greenhill toma su hacha y ¡zas! Le cortó la cabeza.
Cuando Greenhill y Travers cuentan lo sucedido a los demás estos se horrorizan, pero…. ¡Dios, que hambre!, “umh…. si ya está muerto por lo menos que su cuerpo sirva para que los demás podamos sobrevivir” dijeron. Dicho y hecho, Greenhill lo abrió en canal y bueno…. os ahorraré los detalles, Dalton fue repartido entre sus compañeros. Ese fue el final de Dalton, pero claro, el final de Dalton y el de su cuerpo. Quedaban siete.
Seguían pasando las jornadas y no encontraban ni pueblos, ni granjas, ni asomo de civilización y por supuesto, tampoco alimento. El hambre volvió a aparecer. Entonces se fijaron en Brown y Kennerly, parecían muy débiles, seguramente no aguantarían, ¿y si…? Cómo debieron ser las miradas de las que fueron objeto para que enseguida se les encendieran las alarmas, no lo dudaron ni un segundo, ambos dieron media vuelta simultáneamente y echaron a correr como locos. Aquí se produjo una situación dantesca, Brown y Kennerly corriendo desesperadamente por salvar la vida en medio de los pantanos mientras que sus cinco compañeros los perseguían en una alocada carrera con la intención de darles caza para comérselos. Esta persecución duró días. Finalmente consiguieron escapar pero al poco murieron por desnutrición, al menos, salvaron sus cuerpos. Quedaban cinco.
Greenhill, con su hacha afilada, no volvería a perder una ocasión. El hambre les atenazaba. Y la ocasión no tardó en llegar, Bodemham se separó un momento del grupo, situación que aprovechó Greenhill para seguirle, se acercó sigilosamente por detrás y ¡zas! Le cortó la cabeza.
Esta vez el resto del grupo no tuvo tantos escrúpulos, sin perder un segundo sus cuatro amigos se abalanzaron sobre el cuerpo de Bodemham aún caliente como una manada de lobos salvajes y dieron cuenta de él. Quedaban 4.
Al poco tiempo, se encontraron en la misma situación. El siguiente en el punto de mira fue Mather, de los cuatro era el más callado, el más sumiso, el más gregario y esto fue su final. Greenhill se acercó a él por la espalda, pero esta vez no fue tan sigiloso. Mother, en el último segundo se dio cuenta e intentó evitar el golpe, aunque no lo consiguió del todo, quedó malherido, con un tajo en el cuello, tirado en el suelo. Sus tres amigos se acercaron lentamente a él mirándolo fijamente. No retrasaron su agonía, Greenhill se acercó y ¡zas! ¡Ahora sí! Quedaban 3.
Claro, como es normal, Travers ya no se fiaba de su querido amigo Greenhill. Discutieron y ¡zas! Greenhill acabó con él. Quedaban 2.
Habían pasado dos meses de canibalismo y solo quedaban dos. ¿Os imagináis la situación? Ni que decir tiene que Greenhill y el Sr. Pearce no se quitaban ojo. Pasaron tres días de absoluta tensión hasta que en la noche del tercer día Greenhill no aguantó más, le pudo el sueño y dio una cabezada, su última cabezada, ya que el Sr. Pearce aprovechó ese instante para arrebatarle el hacha de las manos y ¡zas! Solo quedaba uno.
El Sr. Pearce secó al Sol un brazo y una pierna del Sr. Greenhill y se echó a la aventura, y así estuvo un tiempo hasta que la policía dio con él y volvió de regreso al penal de Macquarie Harbour.
Aunque corrían rumores de canibalismo, nada se pudo demostrar, de modo que, antes de cumplirse un año de su recaptura Alexander Pearce volvió a escaparse, esta vez acompañado de un joven preso llamado Thomas Cox.
Diez días más tarde las autoridades volvieron a cazar al Sr. Pearce, esta vez sí, fue acusado del asesinato del joven Thomas Cox y de haber practicado el canibalismo con sus restos. Lo curioso del caso es que cuando lo capturaron no solo llevaba lo que quedaba del joven Cox, si no también embutidos de cerdo y numerosa fruta. Es decir, esta vez no mató y devoró por hambre. Le había cogido el gusto.
Ante esta situación Alexander Pearce lo confesó todo, se había comido a seis personas. Fue encontrado culpable y condenado a morir en la horca, sentencia que se llevó a cabo la mañana del día 19 de Julio de 1824 en la cárcel de Hobart Town.
Sus últimas palabras antes de ser ahorcado fueron:
“La carne humana es una delicia. Tiene un sabor mucho mejor que el pescado o la carne de cerdo”

La Casa Tomada - Julio Cortazar

Relato de Julio Cortazar perteneciente a "Bestiario". Según su autor resultado de una pesadilla, aunque también se dijo que era una alegoría al Peronismo y la situación de Argentina a finales de los años cuarenta.
Que lo disfruten, yo lo hice.



La Casa Tomada


Nos gustaba la casa porque aparte de espaciosa y antigua (hoy que las casas antiguas sucumben a la más ventajosa liquidación de sus materiales) guardaba los recuerdos de nuestros bisabuelos, el abuelo paterno, nuestros padres y toda la infancia.

Nos habituamos Irene y yo a persistir solos en ella, lo que era una locura pues en esa casa podían vivir ocho personas sin estorbarse. Hacíamos la limpieza por la mañana, levantándonos a las siete, y a eso de las once yo le dejaba a Irene las ultimas habitaciones por repasar y me iba a la cocina. Almorzábamos al mediodía, siempre puntuales; ya no quedaba nada por hacer fuera de unos platos sucios. Nos resultaba grato almorzar pensando en la casa profunda y silenciosa y como nos bastábamos para mantenerla limpia. A veces llegábamos a creer que era ella la que no nos dejo casarnos. Irene rechazo dos pretendientes sin mayor motivo, a mí se me murió María Esther antes que llegáramos a comprometernos.

Entramos en los cuarenta años con la inexpresada idea de que el nuestro, simple y silencioso matrimonio de hermanos, era necesaria clausura de la genealogía asentada por nuestros bisabuelos en nuestra casa. Nos moriríamos allí algún día, vagos y esquivos primos se quedarían con la casa y la echarían al suelo para enriquecerse con el terreno y los ladrillos; o mejor, nosotros mismos la voltearíamos justicieramente antes de que fuese demasiado tarde.

Irene era una chica nacida para no molestar a nadie. Aparte de su actividad matinal se pasaba el resto del día tejiendo en el sofá de su dormitorio. No sé porque tejía tanto, yo creo que las mujeres tejen cuando han encontrado en esa labor el gran pretexto para no hacer nada. Irene no era así, tejía cosas siempre necesarias, tricotas para el invierno, medias para mi, mañanitas y chalecos para ella. A veces tejía un chaleco y después lo destejía en un momento porque algo no le agradaba; era gracioso ver en la canastilla el montón de lana encrespada resistiéndose a perder su forma de algunas horas. Los sábados iba yo al centro a comprarle lana; Irene tenía fe en mi gusto, se complacía con los colores y nunca tuve que devolver madejas. Yo aprovechaba esas salidas para dar una vuelta por las librerías y preguntar vanamente si había novedades en literatura francesa. Desde 1939 no llegaba nada valioso a la Argentina.

Pero es de la casa que me interesa hablar, de la casa y de Irene, porque yo no tengo importancia. Me pregunto qué hubiera hecho Irene sin el tejido. Uno puede releer un libro, pero cuando un pullover está terminado no se puede repetirlo sin escándalo. Un día encontré el cajón de abajo de la cómoda de alcanfor lleno de pañoletas blancas, verdes, lila.

Estaban con naftalina, apiladas como en una mercería; no tuve valor para preguntarle a Irene que pensaba hacer con ellas. No necesitábamos ganarnos la vida, todos los meses llegaba plata de los campos y el dinero aumentaba. Pero a Irene solamente la entretenía el tejido, mostraba una destreza maravillosa y a mí se me iban las horas viéndole las manos como erizos plateados, agujas yendo y viniendo y una o dos canastillas en el suelo donde se agitaban constantemente los ovillos. Era hermoso.

Cómo no acordarme de la distribución de la casa. El comedor, una sala con gobelinos, la biblioteca y tres dormitorios grandes quedaban en la parte más retirada, la que mira hacia Rodríguez Peña. Solamente un pasillo con su maciza puerta de roble aislaba esa parte del ala delantera donde había un baño, la cocina, nuestros dormitorios y el living central, al cual comunicaban los dormitorios y el pasillo. Se entraba a la casa por un zaguán con mayólica, y la puerta cancel daba al living. De manera que uno entraba por el zaguán, abría la cancel y pasaba al living; tenía a los lados las puertas de nuestros dormitorios, y al frente el pasillo que conducía a la parte más retirada; avanzando por el pasillo se franqueaba la puerta de roble y mas allá empezaba el otro lado de la casa, o bien se podía girar a la izquierda justamente antes de la puerta y seguir por un pasillo más estrecho que llevaba a la cocina y el baño. Cuando la puerta estaba abierta advertía uno que la casa era muy grande; si no, daba la impresión de un departamento de los que se edifican ahora, apenas para moverse; Irene y yo vivíamos siempre en esta parte de la casa, casi nunca íbamos más allá de la puerta de roble, salvo para hacer la limpieza, pues es increíble cómo se junta tierra en los muebles. Buenos Aires será una ciudad limpia, pero eso lo debe a sus habitantes y no a otra cosa. Hay demasiada tierra en el aire, apenas sopla una ráfaga se palpa el polvo en los mármoles de las consolas y entre los rombos de las carpetas de macramé; da trabajo sacarlo bien con plumero, vuela y se suspende en el aire, un momento después se deposita de nuevo en los muebles y los pianos.

Lo recordaré siempre con claridad porque fue simple y sin circunstancias inútiles. Irene estaba tejiendo en su dormitorio, eran las ocho de la noche y de repente se me ocurrió poner al fuego la pavita del mate. Fui por el pasillo hasta enfrentar la entornada puerta de roble, y daba la vuelta al codo que llevaba a la cocina cuando escuché algo en el comedor o en la biblioteca. El sonido venia impreciso y sordo, como un volcarse de silla sobre la alfombra o un ahogado susurro de conversación. También lo oí, al mismo tiempo o un segundo después, en el fondo del pasillo que traía desde aquellas piezas hasta la puerta. Me tire contra la pared antes de que fuera demasiado tarde, la cerré de golpe apoyando el cuerpo; felizmente la llave estaba puesta de nuestro lado y además corrí el gran cerrojo para más seguridad.

Fui a la cocina, calenté la pavita, y cuando estuve de vuelta con la bandeja del mate le dije a Irene:
-Tuve que cerrar la puerta del pasillo. Han tomado parte del fondo.
Dejó caer el tejido y me miró con sus graves ojos cansados.
-¿Estás seguro?
Asentí.
-Entonces -dijo recogiendo las agujas- tendremos que vivir en este lado.

Yo cebaba el mate con mucho cuidado, pero ella tardó un rato en reanudar su labor.
Me acuerdo que me tejía un chaleco gris; a mí me gustaba ese chaleco.
Los primeros días nos pareció penoso porque ambos habíamos dejado en la parte tomada muchas cosas que queríamos. Mis libros de literatura francesa, por ejemplo, estaban todos en la biblioteca. Irene pensó en una botella de Hesperidina de muchos años. Con frecuencia (pero esto solamente sucedió los primeros días) cerrábamos algún cajón de las cómodas y nos mirábamos con tristeza.

-No está aquí.

Y era una cosa más de todo lo que habíamos perdido al otro lado de la casa.
Pero también tuvimos ventajas. La limpieza se simplificó tanto que aun levantándose tardísimo, a las nueve y media por ejemplo, no daban las once y ya estábamos de brazos cruzados. Irene se acostumbró a ir conmigo a la cocina y ayudarme a preparar el almuerzo.

Lo pensamos bien, y se decidió esto: mientras yo preparaba el almuerza, Irene cocinaría platos para comer fríos de noche. Nos alegramos porque siempre resultaba molesto tener que abandonar los dormitorios al atardecer y ponerse a cocinar. Ahora nos bastaba con la mesa en el dormitorio de Irene y las fuentes de comida fiambre.

Irene estaba contenta porque le quedaba más tiempo para tejer. Yo andaba un poco perdido a causa de los libros, pero por no afligir a mi hermana me puse a revisar la colección de estampillas de papá, y eso me sirvió para matar el tiempo. Nos divertíamos mucho, cada uno en sus cosas, casi siempre reunidos en el dormitorio de Irene que era más cómodo. A veces Irene decía:

-Fíjate este punto que se me ha ocurrido. ¿No da un dibujo de trébol?

Un rato después era yo el que le ponía ante los ojos un cuadradito de papel para que viese el mérito de algún sello de Eupen y Malmédy. Estábamos bien, y poco a poco empezábamos a no pensar. Se puede vivir sin pensar.

(Cuando Irene soñaba en alta voz yo me desvelaba en seguida. Nunca pude habituarme a esa voz de estatua o papagayo, voz que viene de los sueños y no de la garganta. Irene decía que mis sueños consistían en grandes sacudones que a veces hacían caer el cobertor. Nuestros dormitorios tenían el living de por medio, pero de noche se escuchaba cualquier cosa en la casa. Nos oíamos respirar, toser, presentíamos el ademán que conduce a la llave del velador, los mutuos y frecuentes insomnios.
Aparte de eso todo estaba callado en la casa. De día eran los rumores domésticos, el roce metálico de las agujas de tejer, un crujido al pasar las hojas del álbum filatélico. La puerta de roble, creo haberlo dicho, era maciza. En la cocina y el baño, que quedaban tocando la parte tomada, nos poníamos a hablar en vos más alta o Irene cantaba canciones de cuna. En una cocina hay demasiados ruidos de loza y vidrios para que otros sonidos irrumpan en ella. Muy pocas veces permitíamos allí el silencio, pero cuando tornábamos a los dormitorios y al living, entonces la casa se ponía callada y a media luz, hasta pisábamos despacio para no molestarnos. Yo creo que era por eso que de noche, cuando Irene empezaba a soñar en alta voz, me desvelaba en seguida.)

Es casi repetir lo mismo salvo las consecuencias. De noche siento sed, y antes de acostarnos le dije a Irene que iba hasta la cocina a servirme un vaso de agua. Desde la puerta del dormitorio (ella tejía) oí ruido en la cocina; tal vez en la cocina o tal vez en el baño porque el codo del pasillo apagaba el sonido. A Irene le llamo la atención mi brusca manera de detenerme, y vino a mi lado sin decir palabra. Nos quedamos escuchando los ruidos, notando claramente que eran de este lado de la puerta de roble, en la cocina y el baño, o en el pasillo mismo donde empezaba el codo casi al lado nuestro.

No nos miramos siquiera. Apreté el brazo de Irene y la hice correr conmigo hasta la puerta cancel, sin volvernos hacia atrás. Los ruidos se oían mas fuerte pero siempre sordos, a espaldas nuestras. Cerré de un golpe la cancel y nos quedamos en el zaguán. Ahora no se oía nada.

-Han tomado esta parte -dijo Irene. El tejido le colgaba de las manos y las hebras iban hasta la cancel y se perdían debajo. Cuando vio que los ovillos habían quedado del otro lado, soltó el tejido sin mirarlo.

-¿Tuviste tiempo de traer alguna cosa? -le pregunté inútilmente.
-No, nada.

Estábamos con lo puesto. Me acordé de los quince mil pesos en el armario de mi dormitorio. Ya era tarde ahora.

Como me quedaba el reloj pulsera, vi que eran las once de la noche. Rodeé con mi brazo la cintura de Irene (yo creo que ella estaba llorando) y salimos así a la calle. Antes de alejarnos tuve lástima, cerré bien la puerta de entrada y tiré la llave a la alcantarilla. No fuese que algún pobre diablo se le ocurriera robar y se metiera en la casa, a esa hora y con la casa tomada.

martes, 27 de noviembre de 2012

La llamada de Cthulhu - H. P. Lovecraft

El relato de hoy, "La llamada de Cthulhu" de H. P. Lovecraft (autor gótico de culto) creó una mitología propia (los mitos de Cthulhu).
Creo que lo van a disfrutar con él, como hice yo.
El llamado de Cthulhu

Es imposible que tales potencias o seres hayan sobrevivido... hayan sobrevivido a una época infinitamente remota donde... la conciencia se manifestaba, quizá, bajo cuerpos y formas que ya hace tiempo se retiraron ante la marea de la ascendiente humanidad... formas de las que sólo la poesía y la leyenda han conservado un fugaz recuerdo con el nombre de dioses, monstruos, seres míticos de toda clase y especie...
Algernon Blackwood

1.     El bajorrelieve de arcilla

No hay en el mundo fortuna mayor, creo, que la incapacidad de la mente humana para relacionar entre sí todo lo que hay en ella. Vivimos en una isla de plácida ignorancia, rodeados por los negros mares de lo infinito, y no es nuestro destino emprender largos viajes. Las ciencias, que siguen sus caminos propios, no han causado mucho daño hasta ahora; pero algún día la unión de esos disociados conocimientos nos abrirá a la realidad, y a la endeble posición que en ella ocupamos, perspectivas tan terribles que enloqueceremos ante la revelación, o huiremos de esa funesta luz, refugiándonos en la seguridad y la paz de una nueva edad de las tinieblas
Algunos teósofos han sospechado la majestuosa grandeza del ciclo cósmico del que nuestro mundo y nuestra raza no son más que fugaces incidentes. Han señalado extrañas supervivencias en términos que nos helarían la sangre si no estuviesen disfrazados por un blando optimismo. Pero no son ellos los que me han dado la fugaz visón de esos dones prohibidos, que me estremecen cuando pienso en ellos, y me enloquecen cuando sueño con ellos. Esa visión, como toda temible visión de la verdad, surgió de una unión casual de elementos diversos; en este caso, el artículo de un viejo periódico y las notas de un profesor ya fallecido. Espero que ningún otro logre llevar a cabo esta unión; yo, por cierto, si vivo, no añadiré voluntariamente un sólo eslabón a tan espantosa cadena. Creo, por otra parte, que el profesor había decidido, también, no revelar lo que sabía, y que si no hubiese muerto repentinamente, hubiera destruido sus notas.
Tuve por primera vez conocimiento de este asunto en el invierno de 1926-1927, a la muerte de mi tío abuelo, George Gammel Angell, profesor honorario de lenguas semíticas de la Universidad de Brown, Povidence, Rhode Island. El profesor Angell era una autoridad vastamente conocida en materia de antiguas inscripciones y a él habían recurrido con frecuencia los conservadores de los más importantes museos. Muchos deben por lo tanto recordar su desaparición, acaecida a la edad de noventa y dos años. Las oscuras razones de su muerte aumentaron aún más el interés local. El profesor había muerto mientras volvía del barco de Newport, y, según afirman los testigos, luego de recibir el empellón de un marinero negro. Éste había surgido de uno de los curiosos y sombríos pasajes situados en la falda abrupta de la colina que une los muelles a la casa del muerto, en Williams Street. Los médicos, incapaces de descubrir algún desorden orgánico, concluyeron, luego de un perplejo cambio de opiniones, que la muerte debía atribuirse a una oscura lesión del corazón, determinada por el rápido ascenso de una cuesta excesivamente empinada para un hombre de tantos años. En ese entonces no vi ningún motivo para disentir de ese diagnóstico, pero hoy tengo mis dudas... y algo más que dudas.

Como heredero y ejecutor de mi tío abuelo, viudo y sin hijos, era de esperar que yo examinara sus papeles con cierta atención. Trasladé con ese propósito todos sus archivos y cajas a mi casa de Boston. El material ordenado por mí será publicado en su mayor parte por la Sociedad Americana de Arqueología; pero había una caja que me pareció sumamente enigmática, y sentí siempre repugnancia a mostrársela a otros. Estaba cerrada, y no encontré la llave hasta que se me ocurrió examinar el llavero que el profesor llevaba siempre consigo. Logré abrirla entonces, pero me encontré con otro obstáculo mayor y aún más impenetrable. ¿Qué significado podían tener ese curioso bajorrelieve de arcilla, y esas notas, fragmentos y recortes de viejos periódicos? ¿Se había convertido mi tío, en sus últimos años, en un devoto de las más superficiales imposturas? Resolví buscar al excéntrico escultor que había alterado la paz mental del anciano.
El bajorrelieve era un rectángulo tosco de dos centímetros de espesor y de unos treinta o cuarenta centímetros cuadrados de superficie; indudablemente de origen moderno. Los dibujos, sin embargo, no eran nada modernos, ni por su atmósfera ni por su sugestión; pues aunque las rarezas del cubismo y el futurismo sean numerosas y extravagantes, no suelen reproducir esa críptica regularidad de la escritura prehistórica. Y la mayor parte de los dibujos parecía ser ciertamente alguna especie de escritura. A pesar de mi familiaridad con los papeles y colecciones de mi tío, no logré identificarla, ni sospechar siquiera alguna remota relación.
Sobre esos supuestos jeroglíficos había una figura de carácter evidentemente representativo, aunque la ejecución impresionista impedía comprender su naturaleza. Parecía una especie de monstruo, o el símbolo de un monstruo, o una forma que sólo una fantasía enfermiza hubiese podido concebir. Si digo que mi imaginación, algo extravagante, se representó a la vez un octopus, un dragón y la caricatura de un ser humano, no traicionaré el espíritu del dibujo. Sobre un cuerpo escamoso y grotesco, munido de alas rudimentarias, se alzaba una cabeza pulposa y coronada de tentáculos; pero era el contorno general lo que la hacía más particularmente horrible. Detrás de la figura se embozaba una arquitectura ciclópea.

Las notas que acompañaban a este curioso objeto, además de unos recortes de periódicos, habían sido escritas por el profesor mismo y no tenían pretensiones literarias. El documento en apariencia más importante estaba encabezado por las palabras EL CULTO DE CTHULHU, escritas cuidadosamente en caracteres de imprenta para evitar todo error en la lectura de un nombre tan desconocido. El manuscrito se dividía en dos secciones: la primera tenía el siguiente título: "1925, Sueño y obra onírica de H. A. Wilcox, Thomas Street 7, Providence, R.I.", y la segunda: "Informe del inspector John R. Legrasse. Bienville Street 121, New Orleans, a la Sociedad Americana de Arqueología, 1928. Notas del mismo y del profesor Webb". Las otras notas manuscritas eran todas muy breves: relatos de sueños curiosos de diferentes personas, o citas de libros y revistas teosóficos (principalmente La Atlántida y la Lemuria perdida de W. Scott-Elliot), y el resto comentarios acerca de la supervivencia de las sociedades y cultos secretos, con referencia a pasajes de tratados mitológicos y antropológicos como la La rama dorada de Frazer, y el Culto de las brujas en Europa Occidental de la señorita Murray. Los recortes de periódicos aludían principalmente a casos de alienación mental y a crisis de demencia colectiva en la primavera de 1925.

La primera parte del manuscrito principal relataba una historia muy curiosa. Parece que el 1° de marzo de 1925, un joven delgado, moreno, de aspecto neurótico, y presa de gran excitación, había visitado al profesor Angell con el singular bajorrelieve de arcilla, entonces todavía fresco y húmedo. En su tarjeta se leía el nombre de Henry Anthony Wilcox, y mi tío había reconocido en él al hijo menor de una excelente familia, con la que estaba ligeramente relacionado. Wilcox, que desde hacía un tiempo estudiaba dibujo en la Escuela de Bellas Artes de Rhode Island, y que vivía en el hotel Fleur de Lys muy cerca de esta institución, era un joven precoz de genio indudable, pero muy excéntrico. Desde su infancia había llamado la atención por las historias y sueños extraños que se complacía en relatar. Se denominaba a sí mismo "físicamente hipersensitivo"; pero la gente seria de la vieja ciudad comercial lo consideraba simplemente "raro". No había frecuentado nunca a los de su propia clase y poco a poco había ido retirándose de toda actividad social. Actualmente sólo era conocido por algunos estetas de otras ciudades. La Asociación Artística de Providence, deseosa de preservar su conservadorismo, lo había desahuciado.

En aquella visita, decía el manuscrito, el escultor había pedido bruscamente la ayuda de los conocimientos arqueológicos de su huésped para identificar los jeroglíficos. El joven hablaba de un modo pomposo y descuidado que impedía simpatizar con él. Mi tío le respondió con sequedad, pues la evidente edad de la tableta excluía toda posible relación con las ciencias arqueológicas. La réplica del joven Wilcox, que impresionó bastante a mi tío como para que la reprodujera palabra por palaba, tuvo ese énfasis poético que caracterizaba sin duda su conversación habitual.

- Es nueva, es cierto -le dijo-, pues la hice anoche mientras soñaba con extrañas ciudades; y los sueños son más viejos que la cavilosa Tiro, la contemplativa Esfinge, o Babilonia, guarnecida de jardines.

Y comenzó a narrar una historia desordenada que, de pronto, despertó en mi tío un recuerdo. El anciano se mostró febrilmente interesado. La noche anterior había habido un leve temblor de tierra -el más violento de los que habían sacudido New England en esos últimos años- que había afectado terriblemente la imaginación de Wilcox. Ya en cama, y por primera vez en su vida, había visto en sueños unas ciudades ciclópeas de enormes bloques de piedra y gigantescos y siniestros monolitos de un horror latente, que exudaban un limo verdoso. Muros y pilares estaban cubiertos de jeroglíficos, y de las profundidades de la tierra, de algún punto indeterminado, venía una voz que no era una voz, sino más bien una sensación confusa que sólo la fantasía podía traducir en esta unión de letras casi imposibles: Cthulhu fhtagn.

Esta mezcla de letras fue la llave del recuerdo que excitó y perturbó al profesor Angell. Interrogó al escultor con una minuciosidad científica, y estudió con una intensidad casi frenética el bajorrelieve que el joven había estado esculpiendo en sueños, vestido sólo con su ropa de dormir, y temblando de frío. Mi tío culpó a su avanzada edad, dijo Wilcox más tarde, el no reconocer con rapidez los jeroglíficos y el dibujo. Muchas de sus preguntas le parecieron un poco fuera de lugar a su visitante, especialmente aquellas que trataban de relacionar a este último con sociedades y cultos extraños; y Wilcox no pudo entender por qué mi tío le prometió repetidamente guardar silencio si admitía ser miembro de una de las tan innumerables sectas paganas o místicas. Cuando el profesor quedó al fin convencido de que Wilcox ignoraba de verdad toda doctrina o cultos secretos, le suplicó que no dejara de informarle acerca de sus sueños. Este pedido dio sus frutos, pues a partir de esa primera entrevista el manuscrito menciona las visitas diarias del joven y la descripción de sorprendentes visiones nocturnas cuyo tema principal era siempre unas construcciones ciclópeas de piedra, húmedas y oscuras, y una voz o inteligencia subterránea que gritaba una y otra vez, en enigmáticos y sensibles impactos, algo indescriptible. Los dos sonidos que se repetían con más frecuencia eran los representados por las palabras Cthulhu y R'lyeh.

El 23 de marzo, continuaba el manuscrito, Wilcox faltó a la cita. Una investigación realizada en el hotel reveló que había sido atacado por una fiebre de origen desconocido y que lo habían llevado a la casa de sus padres, en Waterman Street. Se había puesto a gritar en medio de la noche, despertando a varios artistas que vivían en el mismo hotel, y desde entonces había pasado alternativamente de la inconsciencia al delirio. Mi tío telefoneó en seguida a la familia, y desde ese momento siguió de cerca el caso, yendo a menudo a la oficina del doctor Tobey, en Thayer Street, médico de cabecera del joven. La mente febril de Wilcox alimentaba, aparentemente, extrañas imágenes; el doctor se estremeció al recordarlas. No sólo incluían una repetición de los sueños anteriores, sino también una criatura gigantesca "de varios kilómetros de altura" que caminaba o se movía pesadamente. Wilcox nunca le describía en todos sus detalles, pero las pocas e incoherentes palabras que recordaba el doctor Tobey convencieron al profesor de que aquél era el monstruo que el joven había intentado representar. Cuando Wilcox se refería a su obra, añadió el doctor, caía en seguida, invariablemente, en una especie de letargo. Cosa rara, su temperatura no estaba nunca por encima de lo normal; sin embargo, su estado parecía más al de una fiebre violenta que al de un desorden del cerebro.

El 2 de abril a las tres de la tarde, la enfermedad cesó de pronto. Wilcox se sentó en la cama, asombrado de encontrarse en la casa de sus padres, e ignorando totalmente lo que había ocurrido en sus sueños o en la realidad desde el 22 de marzo. Como el médico declarara que estaba curado, a los tres días volvió a su hotel. Pero ya no le fue de ninguna utilidad al profesor Angell. Junto con su enfermedad se habían desvanecido todos aquellos sueños, y luego de oír durante una semana los relatos inútiles e irrelevantes de unas muy comunes visiones, mi tío dejó de anotar los pensamientos nocturnos del artista.

Aquí terminaba la primera parte del manuscrito, pero las abundantes notas invitaban de veras a la reflexión. Sólo el escepticismo inveterado que informaba entonces mi filosofía puede explicar mi persistente desconfianza. Las notas describían lo que habían soñado diversas personas en el mismo período en que el joven Wilcox había tenido sus extrañas revelaciones. Mi tío, parecía, había organizado rápidamente una vasta encuesta entre casi todos aquellos a quienes podía interrogar sin parecer impertinente, pidiendo que le contaran sus sueños y le comunicaran las fechas de todas sus visiones notables. Las reacciones habían sido variadas; pero el profesor recibió más respuestas que las que hubiese obtenido cualquier otro hombre sin la ayuda de un secretario. Aunque no conservó la correspondencia original, las notas formaban un completo y muy significativo resumen. La aristocracia y los hombres de negocios -la tradicional "sal de la tierra" de New England- dieron un resultado casi completamente negativo, aunque hubo algunos pocos casos de informes de impresiones nocturnas, siempre entre el 13 de marzo y el 2 de abril, período de delirio de joven escultor. Los hombres de ciencia no fueron tampoco muy afectados, aunque por lo menos cuatro vagas descripciones sugerían la visión fugaz de extraños paisajes, y uno de ellos hablaba del temor a algo anormal.

Las respuestas más pertinentes procedían de artistas y poetas, que si hubieran podido comparar sus notas hubieran sido presas del pánico. Ante la falta de las cartas originales, llegué a sospechar que el compilador había estado haciendo preguntas insidiosas o había deformado el texto de la correspondencia para corroborar lo que había resuelto ver. Por eso persistí en la creencia de que Wilcox, conociendo de algún modo los viejos documentos reunidos por mi tío, había estado engañándolo. Estas respuestas de los artistas narraban una perturbadora historia. Entre el 28 de febrero y 2 de abril gran parte de ellos habían tenido sueños muy curiosos, alcanzando su máxima intensidad en el tiempo del delirio del escultor. Una cuarta parte hablaba de escenas y sonidos semejantes a los descritos por Wilcox y algunos confesaban su terror ante una criatura gigantesca y sin nombre. Un caso, que las notas describían con énfasis, era particularmente triste. El sujeto, un arquitecto muy conocido, algo inclinado al ocultismo y la teosofía, se volvió completamente loco la noche que llevaron al joven Wilcox a la casa de sus padres, y murió meses después gritando que lo salvaran de algún escapado habitante del infierno. Si mi tío hubiese conservado los nombres de estos casos, en vez de reducirlos a números, yo hubiera podido hacer alguna investigación personal. Pero, como estaban las cosas, sólo pude encontrar a unos pocos. Todos, sin embargo, confirmaron las notas. Me pregunté a menudo si aquellos a quienes había interrogado el profesor Angell se habían sentido tan intrigados como este grupo. Nunca les di explicaciones, y es mejor así.

Los recortes de prensa, como ya he dicho, trataban de casos de pánico, manía y excentricidad, siempre en el mismo período. El profesor Angell debió de haber empleado una agenda de recortes, pues el número de estos extractos era prodigioso, y además procedían de todos los rincones del mundo. Uno describía un suicidio nocturno en Londres: un hombre había saltado por una ventana luego de lanzar un grito horrible. En una confusa carta al editor de un periódico sudamericano un fanático anunciaba, apoyándose en sus visiones, un futuro siniestro. Un despacho de California relataba que una colonia teosófica había comenzado a usar vestiduras blancas ante la proximidad de un "glorioso acontecimiento", que no llegaba nunca, mientras las noticias de la India se referían cautelosamente a una seria agitación de los nativos, producida a fines de marzo. Las orgías vudúes se habían multiplicado en Haití, y en África se había hablado de unos cantos misteriosos. Los oficiales norteamericanos radicados en Filipinas habían tenido ciertas dificultades con algunas tribus, y en la noche de 22 de marzo los policías de Nueva York habían sido molestados por levantinos histéricos. Confusos rumores recorrieron también el oeste de Irlanda, y un pintor llamado Ardois-Bonnot exhibió en 1926, en el salón de primavera de París, un blasfemo Paisaje de Sueño. En los asilos de alienados los desórdenes fueron tan numerosos que sólo un milagro logró impedir que el cuerpo médico advirtiera curiosas semejanzas y sacara apresuradas conclusiones. Una rara colección de recortes, de veras; apenas concibo hoy el crudo racionalismo con que los hice a un lado. Pero quedé convencido de que el joven Wilcox había tenido noticias de unos sucesos anteriores mencionados por el profesor.

Estudio en esmeralda - Neil Gaiman

Muchos autores han cogido el testigo de sir Arthur Conan Doyle y ha narrado nuevas aventuturas de Sherlock Holmes, con mayor o menor éxito. Neil Gaiman está en el primer grupo. Su relato, "Estudio en Esmeralda", que presento aquí, ganó el premio Hugo al mejor relato de ficción en 2004.
No tengo ninguna duda que lo disfrutarán tal y como yo lo hice.


1.    El nuevo amigo

Recién llegados de su reciente gira europea, durante la cual han actuado ante varias de las CABEZAS CORONADAS DE EUROPA, obteniendo aplausos y alabanzas gracias a sus magníficas interpretaciones dramáticas, en las que se combinan la COMEDIA y la TRAGEDIA, los Strand Players desean poner en su conocimiento que van a estar en el Royal Court Theatre, en Drury Lane, para una REPRESENTACIÓN POR TIEMPO LIMITADO durante el mes de abril, en la que se representarán ¡Mi hermano gemelo Tom!, La más pequeña violetera y Llegan los Primigenios (esta última, una épica histórica de pompa y esplendor); ¡todas ellas obras de un solo acto! Ya pueden adquirirse las entradas en la taquilla.

Es la inmensidad, creo yo. La vastedad de las cosas que se encuentran abajo.
La oscuridad de los sueños.
Pero estoy divagando. Perdónenme. No soy un literato.
Necesitaba alojamiento. Así fue como lo conocí. Quería encontrar a alguien con quien compartir el alquiler. Nos presentaron, por mutuo acuerdo, en los laboratorios de química de St. Bart.
—Ha estado en Afganistán, por lo que veo. —Eso fue lo primero que me dijo, y me quedé con la boca abierta y los ojos muy abiertos.
—Asombroso —dije yo.
—En realidad no lo es —replicó el extraño de la bata blanca de laboratorio que iba a convertirse en mi amigo—. Por cómo se agarra usted el brazo, me doy cuenta de que ha resultado herido, y de una forma especial. Posee un profundo bronceado. También lleva un atuendo militar, y hay muy pocos lugares dentro del Imperio en los que un militar se broncee y donde además, dada la naturaleza de la herida de su hombro y las tradiciones de los afganos de las cuevas, sea torturado.
Dicho así, la verdad, resultaba absurdamente sencillo. Pero en realidad siempre lo fue. Yo tenía un bronceado marrón avellana. Y, de hecho, tal y como él había dicho, me habían torturado.
Los dioses y los hombres de Afganistán eran salvajes, poco dispuestos a que los gobernasen desde Whitehall, o desde Berlín, o incluso desde Moscú, y no estaban preparados para ser razonables. Me habían enviado a aquellas montañas destinado al __º regimiento. Mientras la lucha se mantuvo en esas colinas y montañas, estuvimos igualados. Cuando las escaramuzas descendieron a las cuevas y a la oscuridad, nos encontramos, tal y como fue, en una situación realmente comprometida.
Nunca olvidaré la superficie espejada del lago subterráneo, ni la cosa que surgió del agua abriendo y cerrando los ojos, ni los cantarines murmullos que la acompañaban al emerger, rodeándola como el zumbido de moscas tan grandes como un planeta.
Fue un milagro que sobreviviera, pero lo hice, y regresé a Inglaterra con los nervios destrozados. La zona en la que me tocó esa boca parecida a la de una sanguijuela mantendría siempre su marca, de un blanco lechoso, grabada en la piel del hombro ahora lisiado. Una vez fui un tirador de primera. Ya no tenía nada, excepto un miedo por el mundo bajo el mundo parecido al pánico, lo que significaba que pagaría gustoso seis peniques de mi pensión del Ejército por un agradable coche de alquiler antes que viajar en el subterráneo por un solo penique.
Y aun así, la niebla y la oscuridad de Londres me confortaban, me acogían.
Perdí mis primeros alojamientos porque gritaba en sueños. Había estado en
Afganistán; ya no estaba allí.
—Grito en sueños —le confesé.
—A mí me han dicho que ronco —me contestó—. Además, mantengo un horario irregular y a menudo utilizo el aparador para practicar la puntería.
Necesitaré el salón para recibir a mis clientes. Soy egoísta, introvertido y me aburro con facilidad. ¿Será eso un problema?
Sonreí, negué con la cabeza y alargué la mano. Nos las estrechamos.
Las habitaciones que nos había encontrado, en Baker Street, eran más que adecuadas para dos solteros. Tenía en mente todo lo que había dicho mi amigo acerca de su deseo de intimidad y me prohibí preguntarle cómo se ganaba la vida. No obstante, había demasiadas cosas que picaban mi curiosidad. Los visitantes podían llegar a cualquier hora, y cuando lo hacían yo abandonaba el salón y me dirigía hacia mi dormitorio, preguntándome qué tendrían en común con mi amigo: la pálida mujer con un ojo blanco marfileño, el hombrecillo que tenía aspecto de viajante, el llamativo dandi con su chaqueta de terciopelo y todos los demás. Algunos de ellos eran visitantes habituales; otros muchos acudían solo una vez, hablaban con él y se marchaban, con aspecto preocupado o satisfecho.
Él era todo un misterio para mí.
Una mañana, estábamos compartiendo uno de los magníficos desayunos de nuestra casera cuando mi amigo tocó la campanilla para llamar a esa buena señora.
—En unos cuatro minutos se unirá a nosotros un caballero —anunció—.
Vamos a necesitar otro servicio en la mesa.
—Muy bien —contestó ella—. Pondré más salchichas en la parrilla.
Mi amigo reanudó su lectura del periódico de la mañana. Esperé, cada vez con más impaciencia, a que me diera una explicación. Finalmente, no pude soportarlo más.
—No lo entiendo. ¿Cómo puede saber que dentro de cuatro minutos vamos
a recibir una visita? No ha llegado ningún telegrama, ningún tipo de mensaje.
Sonrió ligeramente.
— ¿No ha oído el traqueteo de una calesa hace unos minutos? Redujo la velocidad cuando pasó ante nosotros, obviamente mientras el conductor identificaba nuestra puerta, y luego aceleró y se alejó, rumbo a Marylebone
Road. Allí hay una parada de carruajes y coches de alquiler que dejan a sus pasajeros en la estación y la cerería, y es a esa parada a donde iría cualquiera que desease venir aquí sin que lo observasen. El paseo de allí hasta aquí lleva unos cuatro minutos...
Le echó un vistazo a su reloj de bolsillo y, justo cuando lo hacía, oí unos pasos en las escaleras de fuera.
—Pase, Lestrade —invitó—. La puerta está abierta, y sus salchichas a punto de llegar de la parrilla.
Un hombre que yo supuse que sería Lestrade abrió la puerta, y luego la cerró con cuidado a sus espaldas.
—No debería —confesó—. Pero la verdad es que esta mañana no he tenido posibilidad alguna de desayunar. Y realmente podría hacerles justicia a unas cuantas de esas salchichas. —Era el hombrecillo en el que me había fijado anteriormente en varias ocasiones, y cuyo comportamiento era propio de un viajante de novedades de limpieza o patentes.
Mi amigo esperó a que nuestra casera abandonase la habitación antes de decir:
—Obviamente, asumo que se trata de un asunto de importancia nacional.
—Cielo santo —exclamó Lestrade, y palideció—. Seguro que aún no ha podido correrse la voz. Dígame que no es así. —Empezó a llenar su plato con salchichas, arenques ahumados, kedgeree y tostadas, pero las manos le temblaban un poco.
—Por supuesto que no —lo tranquilizó mi amigo—. Pero, después de todo este tiempo, reconozco el crujido de las ruedas de su calesa: un oscilante y agudo yii por encima de un agudo sii. Y si el inspector Lestrade de Scotland
Yard no puede ser visto yendo al despacho del único detective de consulta de
Londres, y aun así va allí, y además sin haber desayunado, entonces sé que no se trata de un caso corriente. Ergo, involucra a aquellos que están por encima de nosotros y es un asunto de importancia nacional.
Lestrade se limpió la barbilla de yema de huevo con la servilleta. Lo miré. No encajaba con la idea que yo tenía de lo que era un inspector de policía, pero mi amigo tampoco encajaba con mi idea de un detective de consulta..., fuera lo que fuera eso.
—Puede que debiéramos discutir el asunto en privado —sugirió Lestrade, echándome un vistazo.
Mi amigo empezó a sonreír maliciosamente y su cabeza empezó a moverse sobre los hombros de la forma en la que lo hacía cuando disfrutaba de alguna broma privada.
—Tonterías —afirmó—. Dos cabezas son mejor que una. Y lo que se le cuenta a uno de nosotros se nos cuenta a los dos.
—Si me estoy entrometiendo... —dije a regañadientes, pero él me indicó con un gesto que guardara silencio.
Lestrade se encogió de hombros.
—A mí me da igual —dijo al cabo de un instante—. Si soluciona el caso, mantendré mi empleo. Si no es así, lo perderé. Utilice sus métodos, es todo lo que tengo que decir. Las cosas no pueden empeorar más.
—Si hay algo que nos ha enseñado el estudio de la historia, es que las cosas siempre pueden empeorar —comentó mi amigo—. ¿Cuándo partimos hacia
Shoreditch?
Lestrade dejó caer su tenedor.
— ¡Esto no está bien! —exclamó—. ¡Aquí está usted, jugando conmigo, cuando ya conoce todo el asunto! Debería estar avergonzado...
—Nadie me ha contado nada sobre este asunto. Cuando un inspector de policía entra en mi casa con barro fresco de esa especial tonalidad amarillenta en sus botas y en las perneras de sus pantalones, supongo que no se me culpará por entender que ha pasado hace poco por las excavaciones de Hobbs Lane, en
Shoreditch, el único lugar de Londres en el que parece existir ese barro del color de la mostaza.
El inspector Lestrade parecía avergonzado.
—Ahora que lo dice de esa forma —dijo—, parece demasiado obvio.
Mi amigo empujó el plato para alejarlo.
—Claro que lo es —repuso, algo molesto.
Fuimos hasta el East End en un coche de alquiler. El inspector Lestrade había ido andando hasta Marylebone Road para recoger su calesa, y nos dejó solos.
— ¿Así que es usted en realidad un detective de consulta? —le pregunté.
—El único de Londres, o puede que del mundo —contestó mi amigo—. No acepto casos. Se me consulta. Otras personas acuden a mí con sus problemas sin solución, me los describen y, en ocasiones, se los resuelvo.
—Entonces, esa gente que va a verlo...
—Son agentes de policía, o ellos mismos son detectives, sí.
Era una bonita mañana, pero en ese momento nos encontrábamos en los aledaños del Rookery de St. Giles, ese nido de ladrones y degolladores que se asienta en Londres como un cáncer en el rostro de una bella florista, y la única luz que penetraba en el coche era tenue y débil.
— ¿Está seguro de que quiere que yo vaya con usted?
Como respuesta, mi amigo me miró sin parpadear.
—Tengo una corazonada —me confesó—. Tengo la corazonada de que se supone que debemos estar juntos. De que hemos luchado por el bien, codo con codo, en el pasado o en el futuro, no lo sé. Soy un hombre de razón, pero he aprendido la importancia que tiene un buen compañero, y desde el momento en que le puse la vista encima supe que confiaba en usted tanto como en mí mismo. Sí. Quiero que venga conmigo.
Yo me ruboricé, o dije algo sin sentido. Por primera vez desde Afganistán, me sentí importante.

2.    La habitación

¡La «Vitae» de Víctor! ¡Un fluido eléctrico! ¿Carecen de vida sus extremidades y otras partes de su cuerpo? ¿Recuerda con envidia los días de su juventud? ¿Ha enterrado y olvidado los placeres de la carne? La «Vitae» de Víctor llevará la vida allí donde hace tiempo se perdió: ¡incluso el más viejo caballo de batalla puede volver a ser un orgulloso semental! Devuélvales la vida a los muertos: procede de una antigua receta familiar y de lo mejor de la ciencia moderna. Para recibir testimonios firmados de la eficacia de la «Vitae» de Victor, escriba a la Compañía
V. von F., Cheap Street 1b, Londres.

Se trataba de una casa barata de alquiler en Shoreditch. Había un policía ante la puerta principal. Lestrade lo saludó por su nombre y nos hizo pasar, pero mi amigo se detuvo en la entrada y sacó una lupa del bolsillo de su gabán.
Examinó el barro que había en el limpiazapatos de hierro colado, golpeándolo con el índice. Solo cuando se quedó satisfecho dejó que entráramos.
Subimos al piso de arriba. Quedaba claro cuál era la habitación en la que se había cometido el crimen: estaba flanqueada por dos corpulentos agentes.
Lestrade les hizo una seña con la cabeza y ellos se apartaron a un lado.
Entramos.
Como ya he dicho antes, no soy escritor profesional y temo describir el lugar, pues sé que mis palabras no pueden hacerle justicia. Y aun así he comenzado esta narración, por lo que me temo que debo continuarla. Se había cometido un asesinato en aquel pequeño dormitorio. El cuerpo, lo que quedaba de él, seguía allí, en el suelo. Lo vi, pero al principio, de alguna forma, no lo vi. Lo que vi en su lugar fue lo que había salido de la garganta y el pecho de la víctima: su color iba de un verde bilioso a un verde hierba. Había empapado la raída alfombra y salpicado el papel pintado de la pared. Por un momento me pareció la obra de algún artista infernal que hubiera decidido crear un estudio en esmeralda.
Tras lo que me pareció un siglo, bajé la vista hacia el cadáver, abierto como un conejo en una carnicería, y traté de encontrarle algún sentido a lo que veía.
Me quité el sombrero, y mi amigo hizo lo mismo.
Él se arrodilló e inspeccionó el cuerpo, examinando los cortes y las incisiones. Luego sacó su lupa y se acercó a la pared para investigar las gotas de icor a medio coagular.
—Ya hemos hecho eso —le informó Lestrade.
— ¿En serio? —replicó mi amigo—. Entonces, ¿qué han sacado de todo esto? Creo que se trata de una palabra.
Lestrade se acercó al lugar en el que se encontraba mi amigo y levantó la vista. Había una palabra, escrita en mayúsculas con sangre verde sobre el desvaído papel amarillo de la pared, un poco por encima de donde se encontraba la cabeza del agente.
— ¿«Rache»...? —dijo, deletreándolo—. Obviamente, iba a escribir «Rachel», pero fue interrumpido. Así que... buscamos a una mujer.
Mi amigo no dijo nada. Se acercó de nuevo al cadáver y le cogió las manos, una después de otra. Las huellas se marcaban debido al icor.
—Creo que queda claro que no fue su Alteza Real quien escribió esa palabra.
— ¿Qué demonios le hace pensar...?
—Mi querido Lestrade. Por favor, concédame el hecho de que tengo un cerebro. Obviamente, el cadáver no es el de un hombre; el color de la sangre, el número de extremidades, los ojos, la posición del rostro... Todas estas cosas nos hablan de sangre real. Aunque no puedo decir de qué linaje, sí puedo aventurar que se trata del heredero, no, del segundo en la línea de sucesión de uno de los principados alemanes.
—Es sorprendente. —Lestrade dudó, pero luego añadió—: Es el príncipe
Franz Drago de Bohemia. Se encontraba aquí, en Albión, como invitado de su
Majestad Victoria. De vacaciones, y para cambiar un poco de aires...
—Es decir, para visitar los teatros, las prostitutas y las mesas de juego.
—Si usted lo dice... —Lestrade parecía abatido—. De todas formas, nos ha proporcionado usted una buena pista sobre esa tal Rachel. Aunque no tengo ninguna duda de que la hubiésemos encontrado nosotros solos.
—Lo dudo mucho —afirmó mi amigo.
Siguió inspeccionando la habitación, haciendo unos cuantos comentarios sarcásticos acerca de cómo habían tapado los policías las huellas de pisadas con sus botas y cómo habían movido objetos que hubieran podido utilizarse para reconstruir los sucesos de la noche anterior. De todas formas, parecía estar interesado en una pequeña mancha de barro que encontró detrás de la puerta.
Al lado de la chimenea había lo que parecían ser cenizas o tierra.
— ¿Ha visto esto? —preguntó a Lestrade.
—La policía de su Majestad —replicó Lestrade— no suele entusiasmarse ante las cenizas de una chimenea. Es allí donde suelen encontrarse. —Y se rió de su comentario.
Mi amigo cogió un pellizco de cenizas, las frotó con los dedos y olisqueó lo que quedó en ellos. Finalmente, recogió lo que quedaba del material y lo introdujo en un frasco de cristal que tapó y guardó en un bolsillo interior de su gabán.
Se levantó.
— ¿Y el cadáver?
—El palacio enviará a su propia gente —respondió Lestrade.
Mi amigo me hizo una seña con la cabeza y juntos fuimos hacia la puerta.
Suspiró.
—Inspector: su búsqueda de la señorita Rachel no dará fruto. Entre otras cosas, Rache es una palabra alemana. Significa «venganza». Compruebe su diccionario. Tiene otros significados.
Llegamos al final de la escalera y salimos a la calle.
—Usted no había visto a alguien de la realeza antes de esta mañana,
¿verdad? —me preguntó. Yo negué con la cabeza—. Bueno, su visión puede alterar los nervios, si uno no está acostumbrado. ¡Pero mi buen amigo, si está usted temblando!
—Discúlpeme. Enseguida estaré bien.
— ¿Le vendría bien que diéramos un paseo? —me preguntó y yo asentí, completamente seguro de que, si no caminaba, iba a empezar a gritar.
—Entonces hacia el oeste —dijo mi amigo, señalando la oscura torre del palacio. Y empezamos a andar.
»Así que —dijo él al cabo de un tiempo— no ha tenido usted ningún encuentro personal con ninguna de las cabezas coronadas de Europa.
—No —le contesté.
—Creo que puedo asegurarle sin lugar a dudas que va a hacerlo —me dijo—
. Y esta vez no será con un cadáver. Muy pronto.
—Mi querido amigo, ¿qué le hace creer...?
Como respuesta me señaló un carruaje, pintado de negro, que se había parado a unos cincuenta metros de donde nos encontrábamos. Un hombre vestido con chistera negra y casaca se hallaba a un lado de la puerta, manteniéndola abierta y esperando en silencio. Sobre la puerta del carruaje había un escudo de armas, conocido por todos los niños de Albión, pintado en dorado.
—Existen invitaciones que no se pueden rechazar —comentó mi amigo.
Saludó al lacayo con el sombrero, y creo que estaba sonriendo cuando entró en aquel espacio parecido a una caja y se acomodó en los suaves asientos de cuero.
Cuando traté de hablar con él durante el viaje a palacio, se puso un dedo sobre los labios. Luego cerró los ojos y pareció hundirse en sus pensamientos.
Yo, por mi parte, traté de recordar todo lo que sabía acerca de las casas reales alemanas, pero, excepto el hecho de que el consorte de la Reina, el príncipe
Alberto, era alemán, sabía muy poco.
Metí la mano en el bolsillo y saqué un puñado de monedas: marrones y plateadas, negras y de un verde cobrizo. Contemplé el retrato de nuestra Reina estampado en cada una de ellas, y sentí a la vez orgullo patriótico y pánico. Me dije que hubo un tiempo en el que fui militar y el miedo me resultaba ajeno, y pude recordar una etapa en la que todo eso era verdad. Por un instante recordé una época en la que había sido un buen tirador (incluso, me gustaba pensar, un tirador de primera), pero ahora mi mano derecha temblaba como si tuviera fiebre, y las monedas chocaban y repiqueteaban; lo único que podía sentir era lástima.

3.    El palacio

Después de una larga espera, el doctor Henry Jekyll se complace en anunciar el lanzamiento general de sus mundialmente conocidos «Polvos de Jekyll» para el consumo popular. Ya no son dominio de unos pocos privilegiados. ¡Libere su yo interior! ¡Para la limpieza interna y externa! DEMASIADA GENTE, tanto hombres como mujeres, sufre un RESFRIADO DEL ALMA! El alivio es inmediato y barato, ¡con los Polvos de Jekyll! (Disponibles con sabor a vainilla y la fórmula mentolada original)

El consorte de la Reina, el príncipe Alberto, era un hombre corpulento, con un impresionante mostacho y una calva incipiente, y era innegable y completamente humano. Nos recibió en el pasillo, nos saludó a mi amigo y a mí con un gesto de la cabeza y no preguntó nuestros nombres ni alargó la mano para que se la estrecháramos.
—La Reina está muy apenada —nos dijo. Tenía acento. Pronunciaba las eses como zetas: «eztá»—. Franz era uno de sus favoritos. Tiene muchos sobrinos, pero él le hacía reír. Deben encontrar a los que le hicieron eso.
—Haré todo lo que esté en mi mano —contestó mi amigo.
—He leído sus monografías —dijo el príncipe Alberto—. Fui yo quien les sugirió que deberían consultarle a usted. Espero haber hecho lo correcto.
—Yo también —respondió mi amigo.
Y entonces se abrió el portalón y se nos condujo ante la presencia de la Reina.
La llamaban Victoria porque nos había derrotado en combate hacía unos setecientos años, y se la llamaba Gloriana porque era gloriosa, y se la llamaba la Reina porque la boca humana no estaba conformada para pronunciar su auténtico nombre. Era enorme, mucho mayor de lo que yo habría creído posible, y se ocultaba entre las sombras, mirándonos desde arriba sin moverse.
—Ezszto debe zsolucionarzzse. —Las palabras surgieron de entre las sombras.
—Por supuesto, señora —contestó mi amigo.
Un miembro culebreó y me señaló.
—Un ppazso al frente.
Quise andar. Mis piernas no se movieron.
Y entonces mi amigo acudió en mi ayuda. Me cogió del hombro y caminó conmigo hasta donde estaba la Reina.
—No hay de qué tener miedo. Va a merecer la pena. Vasz a tener compañía.
Eso fue lo que me dijo. Su voz era un contralto muy dulce, con un lejano zumbido. Y entonces su extremidad se desenrolló y se estiró, y ella me tocó el hombro. Hubo un instante, solo un instante, de un dolor más profundo e intenso de lo que jamás había experimentado, mas luego lo reemplazó un penetrante sentimiento de bienestar. Pude sentir cómo se relajaban los músculos de mi hombro y, por vez primera desde Afganistán, me vi libre de dolor.
Y entonces mi amigo se adelantó. Victoria habló con él, pero no pude oír lo que le dijo; me pregunté si, de alguna forma, le hablaría directamente con la mente, si este sería el consejo de la Reina acerca del cual había leído. Él respondió en voz alta.
—Por supuesto, señora. Puedo deciros que, esa noche, acompañaban a vuestro sobrino dos hombres; las huellas, aunque borrosas, eran inconfundibles.
—Y luego—: Sí. Lo entiendo... Eso creo... Sí.
Guardó silencio cuando nos fuimos y no me dijo nada mientras volvíamos a Baker Street.
Ya había oscurecido. Me pregunté cuánto tiempo habríamos estado en palacio.
Cuando regresamos a Baker Street pude observar, gracias al espejo de mi habitación, que la marca de color blanco lechoso de mi hombro había adquirido una tonalidad rosada. Confié en que no lo estuviera imaginando, que no fuera un mero efecto de la luz de la luna a través de la ventana.

4.    La representación

¡¿PROBLEMAS DE HÍGADO?! ¡¿ATAQUES BILIARES?! ¡¿NEURASTENIA?!
¡¿ABSCESOS EN LA GARGANTA?! ¡¿ARTRITIS?! Estos son solo unos pocos de los problemas para los que una SANGRÍA profesional puede ser la solución. En nuestras oficinas se encuentran octavillas con TESTIMONIOS que el público puede examinar en cualquier momento. ¡¡¡No ponga su salud en manos de aficionados!!! Llevamos haciendo esto desde hace mucho: V. TEPES—DESANGRADOR PROFESIONAL (¡Recuerde! ¡Se pronuncia Tzsep-pesh!) Rumanía, París, Londres, Whitby. Ya ha probado con todos los demás; ¡¡AHORA PRUEBE CON LOS MEJORES!!

No debería haberme sorprendido el que mi amigo fuera un maestro del disfraz, pero lo hizo. Durante los diez días siguientes, un estrafalario grupo de personajes entró por nuestra puerta en Baker Street: un anciano chino, un joven roué, una mujer gorda y pelirroja de cuya antigua profesión no cabía ninguna duda y un anciano y venerable cochero, con los pies destrozados y vendados debido a la gota. Todos y cada uno de ellos entraban en la habitación de mi amigo y, a una velocidad que habría hecho justicia a un artista del cambio de un espectáculo de variedades, salía mi amigo.
No hablaba de lo que había estado haciendo en esas ocasiones, sino que prefería relajarse y mirar al vacío, redactando de cuando en cuando alguna nota en cualquier trozo de papel que tuviera a mano; notas que yo, francamente, encontraba incomprensibles. Parecía realmente preocupado, tanto que empecé a temer por su salud. Y entonces, una tarde ya muy avanzada, llegó a casa con sus propias ropas y una sonrisa tonta, y me preguntó si me gustaba el teatro.
—Tanto como a cualquiera —le respondí.
—Entonces coja sus prismáticos de ópera —me dijo—. Vamos a ir a Drury Lane.
Había esperado que se tratase de una opereta o de algo por el estilo, pero con lo que me encontré fue con el peor teatro de Drury Lane, a pesar de que afirmaba haber actuado ante la corte real; y, para ser honestos, ni siquiera se encontraba en Drury Lane, pues se ubicaba allí donde la calle se unía a la avenida Shaftesbury, justo donde la avenida se acerca al Rookery de St. Giles.
Siguiendo el consejo de mi amigo escondí bien mi cartera, y siguiendo su ejemplo llevé un recio bastón.
Una vez nos sentamos en las gradas (le había comprado por tres peniques una naranja a una de las encantadoras jovencitas que las vendían al público, y la chupaba mientras esperábamos), me dijo en voz baja:
—Debería considerarse afortunado por no tener que acompañarme a las casas de juego o a los burdeles. O a los manicomios, otro de los lugares que al príncipe Franz le gustaba visitar, por lo que he podido averiguar. Pero no iba a ningún sitio más que una única vez. A ningún sitio excepto...
La orquesta empezó a tocar y se levantó el telón. Mi amigo guardó silencio.
A su manera, era un espectáculo bastante bueno: se representaron tres obras de un solo acto. Se cantaban canciones cómicas entre los actos. El actor principal era alto y lánguido, y tenía una bonita voz; la actriz principal era elegante, y su voz llegaba a todos los rincones del teatro; al comediante se le daban bien las canciones animadas.
La primera de las obras era una sencilla comedia de confusión de identidades: el actor principal representaba a una pareja de gemelos idénticos que nunca habían llegado a conocerse, pero que, debido a una serie de cómicas desventuras, se encontraban prometidos a la misma mujer, quien, para nuestro regocijo, creía estar prometida con un único hombre. Las puertas se abrían y se cerraban cuando el actor cambiaba de identidad.
La segunda obra era la sobrecogedora historia de una huerfanita que se muere de hambre mientras vende macetas de violetas en la nieve; al final, su abuela la reconoce y jura que ella es el bebé que unos bandidos se llevaron diez años atrás, pero era demasiado tarde y el congelado angelito exhala su último aliento. Debo confesar que más de una vez tuve que secarme los ojos con mi pañuelo de lino.
La representación acabó con una emocionante narración histórica: la compañía al completo interpretaba a los hombres y mujeres de una aldea costera, setecientos años antes de nuestros tiempos modernos. Veían cómo surgían del mar, a lo lejos, unas formas. El héroe anunciaba alegremente a los aldeanos que eran los Primigenios, cuya llegada había sido anunciada y que regresaban a nosotros desde R’lyeh y desde la sombría Carcosa y desde las llanuras de Leng, donde habían estado durmiendo o esperando o aguardando el momento de su muerte. El cómico opinaba que los otros aldeanos habían comido demasiados pasteles y bebido demasiada cerveza, y se imaginaban las formas. Un caballero regordete que representaba a un sacerdote del dios romano avisaba a los aldeanos de que las formas del mar eran monstruos y demonios, y les decía que debían destruirlos.
En el punto culminante, el héroe mataba a golpes al sacerdote con su propio crucifijo y se preparaba para recibir a los seres. La heroína cantaba un aria de caza mientras, debido a un sorprendente despliegue de trucos de linterna mágica, daba la impresión de que las sombras se acercaban a nosotros desde la parte de atrás del escenario: la Reina de Albión en persona y el Oscuro de Egipto (con una forma casi idéntica a la de un hombre), seguidos por la Antigua Cabra, Progenitora del Millar y Emperatriz de toda la China, el Zar Incontestable, Aquel que Preside sobre el Nuevo Mundo, la Dama Blanca de la Inmensidad Antártica y todos los demás. Y a medida que cada una de las sombras cruzaba el escenario, o daba la impresión de hacerlo, de todas y cada una de las gargantas de la galería surgía, espontáneamente, un poderoso « ¡hurra!», hasta que el mismo aire dio la impresión de vibrar. La luna se elevó sobre el cielo pintado y entonces, cuando estaba en lo más alto, y gracias a un último momento de magia teatral, esa pálida tonalidad amarilla de la que hablan las antiguas historias se cambiaba por el reconfortante carmesí de la luna que hoy nos ilumina.
Los miembros del reparto saludaron entre vítores y risas, hasta que el telón bajó por última vez y el espectáculo acabó.
—Bueno —dijo mi amigo—. ¿Qué le ha parecido?
—Excelente, excelente —le respondí, con las manos doloridas de tanto aplaudir.
—Qué atrevido —me dijo con una sonrisa—. Vayamos a los camerinos.
Salimos al exterior y fuimos a un callejón que se encontraba detrás del teatro, hasta la puerta de actores, en donde una delgada mujer tricotaba sin descanso.
Mi amigo le enseñó una tarjeta de visita y ella nos condujo al interior del edificio; subimos unas escaleras hasta llegar a un pequeño vestuario común.
Unas lámparas de aceite y unas velas ardían frente a unos espejos sucios, y hombres y mujeres se quitaban maquillaje y disfraces sin importar su sexo.
Aparté la vista. Mi amigo no pareció perturbarse por todo ello.
— ¿Podría hablar con el señor Vernet? —preguntó a gritos.
Una joven, que había interpretado a la mejor amiga de la heroína en la primera de las obras y a la picaruela hija del posadero en la última, nos indicó el otro extremo de la habitación.
— ¡Sherry! ¡Sherry Vernet! —llamó.
El hombre que se levantó como respuesta era esbelto; menos apuesto, dentro de lo convencional, de lo que parecía desde el otro lado de los focos. Nos miró intrigado.
—No puedo creerme que tenga el placer...
—Me llamo Henry Camberley —dijo mi amigo, alterando de alguna forma su dicción—. Es posible que haya oído hablar de mí.
—Debo confesar que no he tenido ese privilegio —contestó Vernet.
Mi amigo le entregó al actor una tarjeta de visita. El hombre la contempló con un interés en absoluto fingido.
— ¿Productor teatral? ¿Del Nuevo Mundo? Vaya, vaya. ¿Y él es...? —Me echó un vistazo.
—Se trata de un amigo mío, el señor Sebastián. No es de la profesión.
Yo musité algo acerca de lo mucho que había disfrutado con la representación y le estreché la mano al actor.
Mi amigo le preguntó:
— ¿Ha visitado usted alguna vez el Nuevo Mundo?
—Aún no he tenido el honor —admitió Vernet—, aunque siempre ha sido mi mayor deseo.
—Pues bien, buen hombre —dijo mi amigo con esa fácil informalidad característica de un habitante del Nuevo Mundo—, es posible que logre cumplir su deseo. Esa última obra... Nunca había visto algo semejante. ¿La escribió usted?
—Oh, no. La escribió un buen amigo mío. Aunque fui yo quien creó el mecanismo para el espectáculo de sombras de la linterna mágica. No verá ninguno mejor sobre los escenarios de hoy en día.
— ¿Podría decirme el nombre del dramaturgo? Tal vez debiera hablar personalmente con ese amigo suyo.
Vernet sacudió la cabeza.
—Me temo que eso no va a ser posible. Tiene otra profesión, y no desea que se haga pública su relación con los escenarios.
—Ya veo. —Mi amigo sacó una pipa del bolsillo y se la puso en la boca, y entonces rebuscó en todos sus bolsillos—. Lo siento —empezó a decir—. Me he olvidado de traer mi tabaquera.
—Yo fumo una variedad de picadura negra muy fuerte —dijo el actor—, pero si no tiene usted ningún problema...
— ¡Ninguno! —contestó mi amigo entusiasmado—. Vaya, pero si yo también fumo una variedad fuerte de picadura.
Llenó su pipa con el tabaco del actor y los dos hombres se alejaron fumando mientras mi amigo describía la visión que había tenido de una obra que pudiese representarse en una gira por todas las ciudades del Nuevo Mundo, desde la isla de Manhattan hasta el otro extremo del continente, en el lejano sur. El primer acto sería la última obra que habíamos visto. El resto podría relatar el dominio de los Primigenios sobre la humanidad y sus dioses, posiblemente imaginando lo que podría haber pasado si la gente no hubiera tenido casas reales que les sirvieran de referencia; un mundo de barbarie y oscuridad.
—Pero su misterioso amigo profesional debería ser el autor de la obra, y él será el único que decida lo que ocurrirá. Nuestra tragedia será suya. Pero puedo garantizarle que tendrá un gran éxito de audiencia, mayor de lo que usted pueda llegar a imaginar, y que recibirá un importante porcentaje de la recaudación. Digamos que un cincuenta por ciento...
—Esto es muy emocionante —dijo Vernet—. ¡Espero que no resulte ser un sueño que me haya producido la pipa!
— ¡No, señor, no lo es! —replicó mi amigo fumando en su pipa, carcajeándose de la broma del otro hombre—. Venga a mi alojamiento en Baker Street mañana por la mañana, después del desayuno, digamos que a las diez, junto con su amigo dramaturgo, y le tendré preparados los contratos.
Al oír eso, el actor se subió a su silla y dio unas palmas pidiendo silencio.
—Damas y caballeros de la compañía —dijo con una voz resonante que llegaba a todos los rincones de la habitación—. Este caballero es Henry Camberley, productor teatral, y nos propone cruzar el Atlántico en busca de fama y fortuna.
Se oyeron varios vítores, y el cómico dijo:
—Bueno, será todo un cambio respecto a los arenques y la cebolla picada — y la compañía se echó a reír.
Salimos, rodeados por las sonrisas de todos ellos, a las neblinosas calles.
—Querido amigo —comenté—. Sea lo que sea...
—Ni una palabra más —me interrumpió—. La ciudad tiene gran cantidad de oídos.
Y no dijimos nada más hasta que tomamos un coche de alquiler, subimos a su interior y empezamos a recorrer Charing Cross Road.
E incluso entonces, antes de pronunciar una sola palabra, mi amigo se sacó la pipa de la boca y echó los restos a medio fumar de la cazoleta en una cajita de metal. Cerró la cajita y se la guardó en el bolsillo.
—Ya está —dijo—. Si este no es el Hombre Alto, yo soy holandés. Lo único que falta ahora es que el Doctor Cojo sea lo suficientemente avaricioso y curioso como para reunirse con nosotros mañana por la mañana.
— ¿El Doctor Cojo?
Mi amigo soltó un bufido.
—Así es como he dado en llamarlo. Por las huellas y otras evidencias cercanas al cadáver del príncipe, queda claro que esa noche habían estado dos hombres en esa habitación: un hombre alto con quien, a menos que me equivoque, nos acabamos de encontrar, y otro más bajo que cojea, y que fue quien destripó al príncipe con una maestría que lo delata como profesional de la medicina.
— ¿Un médico?
—Claro está. Odio decirlo, pero mi experiencia me ha enseñado que, cuando un médico sigue el mal camino, resulta ser una criatura más malvada y retorcida que el peor degollador. Así nos encontramos con Huston, el hombre del baño de ácido, y con Campbell, que llevó a Ealing la cama de Procusto.
Y continuó hablando de cosas similares durante el resto del viaje.
El coche se paró cerca del bordillo.
—Una libra y diez peniques —dijo el cochero. Mi amigo le lanzó un florín y él lo cogió y lo puso en su raída chistera—. Muchas gracias a los dos —dijo mientras el caballo se perdía en la niebla.
Nos acercamos a nuestra puerta. Mientras yo descorría el cerrojo, él me dijo:
—Qué extraño. Nuestro cochero no le ha hecho caso a ese tipo que está en la esquina.
—Suelen hacer eso cuando acaba su turno —comenté yo.
—Sí, claro que sí —respondió.
Esa noche soñé con sombras, sombras enormes que tapaban el sol, y en mi desesperación las llamé, pero no me escucharon.

5.    La piel y el hueso

Este año entre en la primavera... ¡con un brinco! JACK’S. Botas, zapatos y botines. ¡Cuide sus suelas! Los talones son nuestra especialidad. JACK’S. Y no se olvide de visitar nuestra tienda de ropa nueva y complementos en el East End; ropa de tarde de todo tipo, sombreros, novedades, bastones normales, bastones con espada, etcétera. JACK’S DE PICADILLY. ¡Todo para la primavera!

El inspector Lestrade fue el primero en llegar.
— ¿Ha apostado sus hombres en la calle? —le preguntó mi amigo.
—Lo he hecho —contestó Lestrade—. Con órdenes estrictas de dejar pasar a cualquiera que quiera entrar y de arrestar a cualquiera que pretenda salir.
— ¿Y ha traído esposas con usted?
Como respuesta, Lestrade se llevó la mano al bolsillo y sacó dos pares de esposas.
—Y ahora, señor —dijo—, mientras aguardamos, ¿por qué no me cuenta qué estamos esperando?
Mi amigo se sacó la pipa del bolsillo. No se la llevó a la boca, sino que la puso sobre la mesa, frente a él. Luego extrajo la cajita de la noche anterior y un frasco de cristal que reconocí como el que tenía en aquella habitación de Shoreditch.
—Aquí tenemos —explicó— el clavo para el ataúd del señor Vernet, tal y como confío poder demostrar. —Hizo una pausa; luego, sacó su reloj de bolsillo y lo puso cuidadosamente sobre la mesa—. Aún nos quedan unos cuantos minutos antes de que lleguen. —Se volvió hacia mí—. ¿Qué sabe usted de los restauracionistas?
—Ni una palabra —le contesté.
Lestrade empezó a toser.
—Si está usted hablando de lo que creo que está hablando —dijo—, puede que debiéramos dejarlo aquí. Ya es suficiente.
—Ya es demasiado tarde para eso —contestó mi amigo—. Pues existen algunos que no creen que la llegada de los Primigenios supusiera el bien que todos sabemos que fue. Anarquistas hasta el último hombre, quieren volver a los métodos antiguos; que la humanidad controle su propio destino, si lo prefiere así.
—No toleraré esas palabras sediciosas —afirmó Lestrade—. Debo advertirle...
—Y yo debo advertirle que no sea tan cabeza hueca —replicó mi amigo—
. Porque fueron los restauracionistas los que mataron al príncipe Franz Drago.
Asesinan y matan en un vano esfuerzo por obligar a nuestros amos a que nos abandonen en la oscuridad. El príncipe fue asesinado por un rache; es un término antiguo para referirse a un perro de presa, inspector, como bien sabría si hubiese consultado un diccionario. También significa «venganza». Y el cazador dejó su firma en el papel pintado de la habitación en la que se cometió el asesinato, de la misma forma en la que un artista firmaría su lienzo. Pero no fue él quien mató al príncipe.
— ¡El Doctor Cojo! —exclamé yo.
—Muy bien. Esa noche estuvo allí un hombre alto; sé su estatura porque la palabra estaba escrita al nivel de los ojos. Fumó en pipa; la ceniza y las hebras de tabaco permanecían sin quemar en la chimenea, y vació su pipa con facilidad sobre la repisa, algo que a un hombre más bajo no le habría sido posible hacer. El tabaco era de una variedad de picadura poco habitual. Sus hombres borraron casi por completo las huellas de pisadas que había en la habitación, pero aún quedaban algunas bastante claras detrás de la puerta y junto a la ventana. Alguien había estado allí esperando: un hombre más bajo, a tenor del tamaño de las pisadas, que apoyaba todo su peso sobre la pierna derecha. En el camino exterior pude apreciar varias huellas bastante claras, y los diferentes colores del barro del limpiazapatos me dieron aún más información: un hombre alto, que acompañó al príncipe hasta esa habitación y luego volvió a salir. Esperando a que llegaran se encontraba el hombre que troceó al príncipe de esa forma tan impresionante...
Lestrade hizo un sonido de desagrado que no llegó a convertirse en una palabra.
—Pasé muchos días reconstruyendo los movimientos de su Alteza. Fui a casas de juego, a burdeles, a garitos de mala muerte, a manicomios, en busca de nuestro fumador de pipa y su amigo. No logré hacer ningún progreso hasta que se me ocurrió comprobar los periódicos de Bohemia en busca de alguna pista acerca de las actividades más recientes que realizó allí el príncipe, y así averigüé que una compañía teatral inglesa había estado en Praga el mes pasado, y que había actuado frente al príncipe Franz Drago.
—Dios santo —dije yo—. Por tanto, ese tal Sherry Vernet...
—Es un restauracionista. Exacto.
Me encontraba yo sacudiendo la cabeza, maravillado por la inteligencia y las dotes de observación de mi amigo, cuando llamaron a la puerta.
— ¡Debe de tratarse de nuestra presa! —dijo—. ¡Cuidado ahora!
Lestrade se metió la mano hasta el fondo del bolsillo, donde, sin lugar a dudas, llevaba una pistola. Tragó saliva, nervioso.
Mi amigo gritó:
— ¡Pasen, por favor!
La puerta se abrió.
No se trataba de Vernet, ni de ningún doctor cojo. Era uno de esos jóvenes árabes de la calle que se ganan un mendrugo de pan haciendo recados «para monsieur Calle y monsieur Caminante», como solíamos decir cuando yo era joven.
—Por favor, señores —dijo—. ¿Se encuentra aquí un tal señor Henry Camberley? Un caballero me ha encargado que le entregue una nota.
—Soy yo —contestó mi amigo—. Y, a cambio de seis peniques, ¿qué me puedes decir del caballero que te dio la nota?
El jovenzuelo, cuyo nombre, según nos dijo, era Wiggins, mordió la moneda de seis peniques antes de hacerla desaparecer, y luego nos contó que el alegre caballero que le entregó la nota era alto, con pelo oscuro; además, añadió que fumaba en pipa.
Tengo aquí la nota, y voy a tomarme la libertad de transcribirla.

Querido señor:
No voy a dirigirme a usted como Henry Camberley, puesto que es un nombre al que no tiene ningún derecho. Quedé muy sorprendido por el hecho de que no se presentara bajo su auténtico nombre, pues es un buen nombre y le otorga cierta reputación. He leído algunos de sus escritos, siempre que me ha sido posible obtenerlos. De hecho, hace dos años me carteé con usted, con bastante éxito, debido a ciertas anomalías teóricas en su escrito sobre la Dinámica de un asteroide.
Me divirtió encontrarme con usted ayer tarde. Unas cuantas puntualizaciones que podrían ahorrarle preocupaciones en los tiempos venideros, dentro de la profesión que ejerce en la actualidad. En primer lugar, es posible que un fumador de pipa lleve en el bolsillo una completamente nueva y sin estrenar, y que no tenga tabaco, pero es realmente poco probable; al menos, tan poco probable como que un productor teatral no posea el menor conocimiento acerca de los métodos habituales de recompensa durante una gira, y que se haga acompañar por un taciturno oficial del Ejército (de Afganistán, a menos que me equivoque). Además, aunque tiene usted razón respecto a que las calles de Londres tienen oídos, debo aconsejarle que, en el futuro, no tome el primer coche de alquiler que aparezca. Sus cocheros también tienen oídos, si deciden utilizarlos.
Realmente, tiene razón en una de sus suposiciones: por supuesto que fui yo quien atrajo a la criatura mestiza a la habitación de Shoreditch. Si le sirve de algún consuelo, ya que ha descubierto algo de cuáles eran sus entretenimientos favoritos, le dije que le había conseguido una chica, secuestrada de un convento en Cornualles en el que nunca vio a un hombre, y que bastarían un toque y la simple visión de su rostro para conducirla a la locura.
Si ella hubiese existido, él se habría alimentado de su locura mientras la poseía, como un hombre que sorbe la pulpa de un melocotón maduro y deja tan solo la piel y el hueso. Se lo he visto hacer. Los he visto hacer cosas aún peores. Es el precio que pagamos por la paz y la prosperidad.
Es un precio demasiado alto.
El buen doctor (que cree lo mismo que yo y es quien realmente escribió nuestra obrita, ya que tiene ciertas dotes que agradan a las masas) nos estaba esperando, con sus cuchillos.
Le envío esta nota, que no un reto de «atrápeme si puede», ya que el buen doctor y yo nos hemos ido y usted no va a poder encontrarnos, para decirle que me ha gustado sentir que, aunque solo fuera por un instante, tenía un adversario que merecía la pena. Uno mucho mejor que esas inhumanas criaturas procedentes del Abismo.
Me temo que los Strand Players van a tener que encontrar otro actor principal.
No firmaré como Vernet, y, hasta que acabe la cacería y se restaure el mundo, le ruego que, sencillamente, piense en mí como
Rache

El inspector Lestrade salió corriendo de la habitación llamando a sus hombres. Obligaron al joven Wiggins a que los llevara a donde aquel hombre le había entregado la nota, como si Vernet el actor fuera a estar esperándolos allí, fumando en su pipa. Desde la ventana, mi amigo y yo los observamos irse corriendo y sacudimos la cabeza.
—Detendrán y registrarán todos los trenes que partan de Londres, todos los barcos que zarpen de Albión rumbo a Europa o al Nuevo Mundo —dijo mi amigo—, en busca de un hombre alto y su compañero, un médico grueso y algo más bajo con una ligera cojera. Cerrarán los puertos. Bloquearán cualquier forma que haya de salir del país.
— ¿Entonces cree que los atraparán?
Mi amigo negó con la cabeza.
—Puede que me equivoque —dijo—, pero juraría que su amigo y él se encuentran ahora mismo a una milla de distancia, en el Rookery de St. Giles, donde la policía no se aventura si no es en un gran grupo. Se esconderán allí hasta que acabe todo este revuelo y alboroto. Y entonces volverán a sus asuntos.
— ¿Qué le hace pensar eso?
—El hecho —dijo mi amigo— de que, si nuestras posiciones se invirtieran, eso sería exactamente lo que yo haría. Por cierto, debería usted quemar esa nota.
Fruncí el ceño.
—Pero es una prueba —protesté.
—No son más que tonterías sediciosas —me replicó mi amigo.
Y debería haberla quemado. De hecho, cuando regresó Lestrade le dije que lo había hecho, y él me felicitó por mi buena idea. Lestrade no perdió el trabajo y el príncipe Alberto escribió una nota a mi amigo felicitándolo por sus deducciones y lamentándose de que el culpable siguiera en libertad.
Aún hoy siguen sin haber capturado a Sherry Vernet, o como quiera que se llame, ni se ha encontrado rastro alguno de su cómplice criminal, al que se identificó como un antiguo cirujano militar llamado John (o puede que James)
Watson. Curiosamente, quedó revelado que él también estuvo en Afganistán.
Me pregunto si nos llegamos a encontrar.
Mi hombro, tocado por la Reina, continúa mejorando; la carne se regenera y se cura. Pronto volveré a ser un tirador de primera.
Una noche, varios meses atrás, cuando estábamos a solas, le pregunté a mi amigo si recordaba la correspondencia a la que aludía en la nota el hombre que firmaba como «Rache». Mi amigo me respondió que lo recordaba bien, y que «Sigerson» (pues así se hacía llamar el actor por aquel entonces, pretendiendo ser islandés) se había inspirado en una ecuación de mi amigo para sugerir algunas teorías bastante atrevidas que desarrollaban la relación existente entre la masa, la energía y la hipotética velocidad de la luz.
—Tonterías, por supuesto —afirmó mi amigo, sin sonreír—. Pero, no obstante, unas tonterías inspiradas y peligrosas.
Finalmente, el palacio envió noticia de que la Reina estaba complacida con los logros de mi amigo en el caso y el asunto quedaba zanjado.
Pero dudo mucho que mi amigo lo dejara correr; no acabaría hasta que uno de ellos matara al otro.
Guardé la nota. He aludido a cosas en la narración de estos asuntos que no deben mencionarse. Si fuera un hombre sensato quemaría estas páginas, pero tal y como me enseñó mi amigo, incluso las cenizas pueden revelar sus secretos. En vez de eso, las guardaré en una caja de seguridad de mi banco con instrucciones de que no se abra hasta mucho después de que todo aquel que vive en la actualidad haya fallecido. Aunque, a tenor de los recientes sucesos en Rusia, temo que ese día esté más cerca de lo que cualquiera de nosotros podría pensar.
S—— M—— comandante (retirado)
Baker Street
Londres, Albión, 1881